Primer compost: esporas diversas para explicar un jardín digital
1. Por un Internet sin monocultivos
Cuando se discutía el Marco Civil de Internet en Brasil en 2011, el sociólogo Sergio Amadeus nos advirtió que las grandes corporaciones querían convertir Internet en un nuevo sistema de televisión por cable: un juego de sombras chinas que da la ilusión de una elección libre y de un Internet neutral, controlado por unas únicas manos que eligen qué y a quién mostrar.
“Quieren convertir Internet en una televisión por cable, con un control sobre las opciones de las personas. El control técnico —que ya existe— no puede convertirse en un control civil, cultural y político”, fue la profecía de Amadeus que hoy vemos cumplirse. Frente a todo encierro, siempre existirán márgenes y marginales que los habiten. Como nuestro colectivo, que mira a aquellas manos jardineras con las que cultivar diversidades a partir de abonos, desechos, esporas y cuanto sea preciso, precioso o monstruoso; y así, escapar del Show de Truman en que han convertido Internet.
Para Donna Haraway, lo que somos va más allá del oficio jardinero: no utilizamos el compost, lo encarnamos: “Somos compost, no posthumanos; habitamos las humusidades, no las humanidades. Filosófica y materialmente, soy una compostista, no una posthumanista”. Frente a la Internet lineal del stream, con su énfasis en la aceleración temporal, el compost es una figura con la que imaginar futuros alternativos. Una Internet que nos ayude a inventar modos de encontrarnos entre los diferentes, tanto en lo digital como en el cuerpo a cuerpo. El compost, con lo que tiene de cuidado de la tierra, es lo que nos enseña a hacer alquimia de lo digital, de su binarismo ontológico, y hacer emerger, a partir de ahí, nuevas formas de computar el mundo.
2. Computar la tierra
Computar es contar. Digital viene de dedo, siempre se empieza a contar con los dedos. La cibernética se pregunta cómo esos dedos se juntan y de la cuenta salen cosas. Computar es como metabolizar. La tierra metaboliza y los cuerpos también, lo hacen también nuestros cerebros y nuestras sociedades. Un jardín es material y, a la vez, muy digital, es poder robar un trozo a la naturaleza y modificarlo con muchas manos, cercarlo, regarlo, cuidarlo.
En la Internet de cable podan los jardines y las malas hierbas las desechan, hay un montón de desechos en los márgenes. Parece que ya no caben más notas en los extremos de los folios, andamos un poco apretados. Pero en lo digital no hay márgenes, en los jardines digitales tampoco. Con los desechos desastrosos que nos dejan los dedos de otros, desechos de sus jardines impolutos, nos ponemos a ser y a hacer compost.
En nuestro colectivo nos encanta el cómputo, no por eficiencia sino por crear cosas. Juntamos márgenes y desechos, los metabolizamos, hacemos compostaje y vamos haciendo conexiones tal y como se conectan las cosas: a través del conocimiento y la comunicación.
Un jardín ya es digital porque es un trozo de naturaleza modificado por las manos humanas.
3. Desoír el Consejo de Fernando Pessoa
Decidimos abrir jardines sin verjas ni grandes muros. Encontramos márgenes lo suficientemente extensos como para cultivar conocimientos. El jardín que nos reúne desoye el consejo de Pessoa de mostrar un doble jardín: aquel que es precioso a la vista de quien observa, pero detrás del muro esconde sus malas hierbas.
CONSEJO
Cerca de grandes muros quien te sueñas.
Después, donde el jardín se deja ver,
a través de la reja de la entrada,
por cuantas flores sean las más risueñas,
y sólo así te pueden conocer.
Donde no lo han de ver, no pongas nada.
Haz arrïates cual los que otros tienen
donde, al mirarlo, puedan entrever
tu jardín cual lo quieres tú mostrar.
Mas donde estás, y donde nunca vienen,
deja a la flor que el suelo da crecer
y a las hierbas silvestres prosperar.
De ti mismo haz un doble ser guardado;
y a nadie, si te mira o si te observa,
a ver más de un jardín nunca le des —
que eres jardín visible y reservado
donde la flor nativa, entre la hierba,
roza a la pobre hierba que no ves.
(Antología poética. El poeta es un fingidor. Fernando Pessoa. Edición y traducción: Ángel Crespo. p. 143. Espasa Calpe, Madrid, 2007)
Nuestras manos jardineras, nuestros dedos que digitan, el espacio de siembra es un múltiple jardín abierto. Exploramos en vivo la raíz y la savia que ofrecen tanto las malas hierbas, como las más llamativas flores.
Cultivamos sin pretender controlar la semilla. Recogemos el caos, el azar y el conocimiento tecnodiverso para nuestro oficio de compostaje. Para ver qué es aquello que enraiza o cuál es el brote con una germinación detenida. Labramos sin la nostalgia de que una idea no germine, sin la pretensión de que al germinar lo pueble todo, y, sobre todo, con el horizonte de generar rizomas con los jardines que cultiven otres.
La clave del compost es que funciona como lugar de encuentro multiespecies, con «otros» de naturalezas de lo más diversas. En él, insectos, lombrices, larvas, pequeños roedores, plantas de múltiples especies y, por supuesto, todo tipo de humanes aprenden a relacionarse de un modo mutuamente beneficioso. Pero no lo hacen «en igualdad», sino a través de un tipo particular de mutualidad que extrae su fuerza de la alianza «en» y «a través» de la diferencia. En el proceso de compostaje, la puesta en común de aquello que en la cosmología extractivista no se consideraba valioso, genera, gracias a esta suerte de encuentro virtuoso, una biodiversidad de la que había al comienzo. El compost es, en este sentido, una figura de la simbiosis atada a la tierra que, precisamente porque es de lo divergente, se vincula también a la noción de tecnodiversidad.
Este primer brote ha sido cultivado de la única forma en la que podía hacerse: a múltiples manos e ideas, por medio de la simpoiesis (“hacer con”) que propone Haraway, para construir futuros más habitables.